Y grabarme a fuego lo aprendido. Noviembre que no llega. Los cordones desatados de tus zapatos y cuatro lunas en el cielo. Que dicen que ya no queda nada y se me tuercen los labios, se me enredan las sábanas y se despierta el vendaval. Un botón, otro botón y la sed de tu sudor en el suelo. Descubrir cada día incertidumbres enfrascadas. Desearte desnuda, desatarte. Alfileres como hormigas. En las manos, dónde sino. Antojo del salado de tu espalda, de arañazos, de parar el coche en mitad de la nada. Que me cuentes como caen las estrellas. Mañanas aterciopeladas y fotografías de trenes en un cajón de la mesilla. Tu boca y la mía. Y rompernos el miedo y las ganas. Que tu sur me inunde y me ofrezca su calidez. Plumas. Piel roja. Destellos de tu alma. De tu cuerpo. Me estremezco. Abrir la ventana y que el aire nos acaricie el ombligo. Besar tus cosquillas. Un escalofrío. Y anochece nublado. Papeles en blanco, instrucciones no dadas, dejarse llevar. Se me duermen los dedos de los pies. Rozarte. Morderte. Pisar el acelerador. El big bang.
Vente que sólo tú puedes llenar este hueco en la cama.
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