Entre tu alma y la mía se recorren laberintos, y ya casi no me acuerdo de cómo era quererte, en silencio a veces, otras a gritos, pero siempre impertinente. Y es que hubo un tiempo en que las piezas encajaban, y la vida era una y no miles chocando, y todos sonreían y no había pinchazos en el estómago. Yo te salvaba cada día del descarrilamiento inevitable de tu esencia, mientras tú ni siquiera lo notabas y me ibas haciendo pequeñita. Y sin quererlo ni comerlo ni beberlo ni intentarlo ni pensarlo ni soñarlo jamás me encontré soplando dientes de león, tirando monedas a fuentes y quemando papeles en las hogueras de San Juan. Descubrí que es cierto eso de que debes tener cuidado con lo que deseas. Te has ido pero no sólo de esta vida compartida, te has ido de la burbuja que creamos y decidimos cuidar, de la amistad prometida, y me dueles mucho más que si hubieras actuado con la normalidad que se puede esperar tras tantas idas y venidas. Te empeñas en jugar a que no existo y todavía no lo entiendo, pero sólo sé que sigues consiguiendo hacerme pequeña y no me da la gana, no te lo permito, no quiero.
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