lunes, 1 de octubre de 2012

Para helarnos la sonrisa se deslizan mis palabras cada noche entre tus manos, aunque casi no las sientas. Escurridizas, te cuentan todo aquello que nunca nos dijimos, quizá porque faltó la valentía, o las ganas, o el momento. Tiemblan temerosas de que no las quieras escuchar, y te hablan en todos los idiomas, en nuestro idioma, ése que los años compartidos nos han hecho entender a ti y a mí, y a nadie más. Te acarician suavemente las mejillas, los labios susurrantes que llevas por bandera, e intentan sigilosas colarse en tus oídos. Ellas, que son parte de mi carne, de mí misma, desempeñan con esmero la misión encomendada, instalándose en tus adentros y aferrándose a tus entrañas. Desde allí, entre la espiral de tus pensamientos, intentan hacerte sentir la calidez de nuestro amor, nuestros abrazos. Se agarran tan fuerte que a veces te duele y las destierras, y naufragan en islas que no les corresponden. Sólo intentan demostrarte que te quiero más allá de barreras y distancias, de los cambios y los vuelcos, de los tumbos que hemos dado y lo mal que nos ha tratado la casualidad... Y la vida. Ellas son metáfora del cordón que nos une, de la parte de mi estómago que se estremece ante tu tristeza, y la parte de tu vientre que no te deja respirar ante la mía. Tiernas, pretenden ser guías de un futuro de vivencias y felicidad compartidas, de sonrisas cómplices, aunque no sean las que siempre hemos soñado. Cautelosas pero ilusionadas, te confiesan en cada sílaba la importancia que supone en mi equilibrio cada una de tus sonrisas, cada uno de tus pasos. Y que, aunque el camino se haya dividido en dos, siempre caminaré a tu lado.

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