lunes, 23 de abril de 2012

Cuatro son los meses que viví en un paraíso congelado, inundándome de acentos. Ocho los años en primera persona del plural, salpicada por las olas, sin soltarle la mano a un sueño, mecida por el aire y en voz baja. Once es noviembre y todo lo que conlleva, es la fila del cine en la que siempre me siento, los paseos bajo la (no) lluvia y los columpios y las baldosas negras de las aceras. Diecinueve es mi infancia y mi preadolescencia y las excursiones y los autobuses pasando por túneles y la hora del recreo y las canastas. Diecinueve es agua y magia y camas compartidas que nos hacen amanecer siameses. Veintisiete es el primer amor, el inocente que se besa en la mejilla y sonríe...

Y ciento cuatro son los kilómetros que he soñado que recorría esta noche, tanto tiempo después, para quedarme despierta junto a ti en la cama, para pasar el día en casa sin necesidad de comer y pasear de noche por el río, para habitar nuestro universo paralelo, escondidos, clavándonos los ojos y las ganas.

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